domingo, 22 de marzo de 2026

OSVALDO GIMENEZ: DE RIVADAVIA A LA "CAPITAL MUNDIAL DE LA MUSICA EN VIVO". AUSTIN, TEXAS, ESTADOS UNIDOS DE NORTEAMERICA

 

CUANDO AYER ERA: "NO HABIA NADA" Y EN EL PRESENTE ES: "TENEMOS TODO"

 

Osvaldo Giménez es un roquero del Este mendocino —Rivadavia, Mendoza—, reconocido institucionalmente por la Legislatura de Mendoza en el año dos mil veintidós por su aporte cultural en su ciudad natal al integrar la primera banda roquera de canciones propias: Avecristo.

Actualmente radicado en Austin, capital de Texas, Estados Unidos.

Austin es reconocida internacionalmente como la “Capital Mundial de la Música en Vivo”.

Con más de 250 locales de música en vivo, la ciudad alberga festivales icónicos. Aquí está, con su guitarra y junto a una agrupación, brindando su estilo musical y llevando a su Rivadavia de origen a escenarios internacionales.



 LOS PASOS DE OSVALDO CON LAS ZAPATILLAS GASTADAS EN EL PUEBLO


Hay imágenes que explican una vida entera. En el caso de Osvaldo Giménez, la escena inicial no ocurre bajo luces de escenario ni frente a miles de personas, sino en el desgaste silencioso de unas zapatillas Topper caminando las calles de Rivadavia. Polvo, calor, rutina. Un territorio donde el rock no era industria ni posibilidad concreta, sino impulso.

 Años después, esa misma energía se desplaza miles de kilómetros y reaparece en otro paisaje: Austin, Texas. Una ciudad donde —como él mismo dice— “levantás una piedra y hay una banda tocando”. El contraste no es solo geográfico. Es existencial.

 “Me reía solo… mirá dónde estoy”, cuenta. Y en esa frase hay algo más que sorpresa: hay conciencia. La escena lo encuentra hablando en inglés, conectando equipos, ensayando con músicos de otra cultura, pero sin perder el hilo invisible que lo une a su origen.

 Porque si algo se mantiene intacto en el relato de Giménez es esa presencia constante del pasado.

Rivadavia aparece como una referencia inevitable. Un lugar al que define con crudeza —“pueblo infame”— pero también con una lucidez que evita la nostalgia fácil. No hay romanticismo en la precariedad, pero sí reconocimiento.

 En ese contexto limitado, sin infraestructura ni oportunidades visibles, se forjó una relación distinta con la música.

No como camino al éxito, sino como necesidad de expresión. “No es un sueño de fama —dice—, es el sueño de tocar”.

 

Ahí se encuentra uno de los núcleos más potentes de su experiencia: cuando desaparecen los incentivos externos, lo que queda es la motivación pura.

La música como descarga, como lenguaje, como forma de ordenar lo que no tiene nombre: traumas, alegrías, contradicciones.

 Ese mismo impulso es el que viaja con él a Estados Unidos.

 En Austin, lejos de diluirse en una escena saturada, Giménez reconoce patrones familiares. Las bandas que se apoyan, los músicos que se acompañan, los vínculos que se generan alrededor del arte. Lo que en Mendoza era necesidad, en Texas se replica como dinámica cultural.

 

“Se crean pequeñas comunidades”, explica. Y no es una frase menor.


En una ciudad donde la oferta musical es abrumadora y la competencia constante, la comunidad funciona como sostén.

Músicos que comparten escenario, que se prestan equipos, que asisten a los shows de otros.

Una red que, lejos de lo simbólico, cumple una función concreta: sostener el proceso.


 En ese entramado, la banda con la que hoy toca incorpora además una filosofía rastafari que refuerza valores como el respeto, el afecto y la cooperación. Lejos de ser un detalle estético, se convierte en una forma de organización interna. Una ética que ordena lo cotidiano.

 Pero no todo es ideal.

 Austin también expone una de las grandes paradojas de la industria musical contemporánea: donde hay más música, el valor económico tiende a bajar.

La sobreoferta abarata el trabajo. “Te pagan poco —reconoce— a menos que demuestres que llevás mucha gente”.

 

Ahí aparece el “trabajo de hormiga”.

Ensayar, tocar, sostener la presencia. Sin garantías. Sin grandes ingresos. Pero con una lógica clara: persistir.

 

Porque en ese circuito aparentemente menor se construyen las oportunidades. Un contacto que escucha. Una invitación inesperada.
La posibilidad de tocar en escenarios más grandes. Desde Austin, los planes empiezan a proyectarse: Las Vegas, festivales en Luisiana, nuevas ciudades.

 No como saltos milagrosos, sino como consecuencia de estar ahí.

 

“Trato de no perder el hilo”, dice. Y esa frase resume una actitud.

 No hay triunfalismo en su relato. Tampoco frustración. Lo que aparece es algo más complejo: una forma de equilibrio.

 

Giménez no mide su recorrido en términos de reconocimiento externo.

De hecho, asume con naturalidad que en su propio pueblo probablemente nadie sepa lo que está viviendo. Y, lejos de incomodarlo, lo libera.

 “Y tampoco tienen que hacerlo”, afirma.

 

Esa distancia con la validación externa marca una diferencia.

El eje no está puesto en demostrar, sino en sostener. En seguir tocando. En valorar el camino recorrido y las personas con las que lo compartió.

 “Estoy agradecido de mi vida, de mi juventud, de las bandas con las que toqué”, dice.

 Ahí, en esa mirada retrospectiva sin épica exagerada, aparece otra clave: la experiencia no se construye solo en los grandes escenarios, sino en la acumulación de momentos, vínculos y aprendizajes.

 

Desde las calles de Rivadavia hasta los bares de Austin, pasando por posibles escenarios en Las Vegas, la historia de Osvaldo Giménez no responde al modelo clásico del éxito inmediato.

Es, más bien, un recorrido sostenido por la persistencia, la comunidad y una relación honesta con la música.

 

Una historia donde el rock no es un destino, sino una forma de estar en el mundo.




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LA BANDA "RAS MUNDI" (Reggae/Hip-Hop/Fusion)

 

En Austin, donde la música no descansa y cada esquina respira ritmo, hay bandas que no solo tocan: construyen atmósferas. Ras Mundi es una de ellas.

No responde a un formato clásico ni a una etiqueta cerrada. Es, más bien, una experiencia colectiva en movimiento.

 La escena se arma con nueve músicos en simultáneo. Nueve cuerpos, nueve energías, nueve formas de entender el pulso. Bajo, batería, guitarra, teclados, trompeta y percusiones múltiples conviven con voces que no se limitan a cantar, sino que expanden el paisaje sonoro. Hay una lógica de ensamble más cercana a una ceremonia que a un simple show.

 El reggae aparece como columna vertebral, pero rápidamente se mezcla con hip-hop, texturas urbanas y una impronta de fusión que no busca perfección técnica sino conexión. Todo fluye con naturalidad, como si cada integrante encontrara su lugar sin necesidad de imponerse.

 En ese entramado, la dinámica del grupo revela algo más profundo: la flexibilidad como regla. Una bajista de origen francés se suma a último momento para reemplazar a quien no pudo estar. Ensaya, toca y encaja. Sin dramatismo. Sin jerarquías rígidas. Como si la banda fuera un organismo vivo que se adapta en tiempo real.

 Ese detalle, aparentemente menor, dice mucho.

 En ciudades como Austin, donde la circulación de músicos es constante, aparecen figuras “multibanda”: artistas que participan en varios proyectos al mismo tiempo, que se mueven entre estilos, que entienden la música como red más que como estructura fija. Ras Mundi se nutre de esa lógica.

 No hay una búsqueda de protagonismo individual. Lo que importa es el resultado colectivo.

 En el escenario, eso se traduce en capas. Percusiones que dialogan entre sí. Voces que entran y salen. Instrumentos que no compiten, sino que se entrelazan. La presencia del didgeridoo —inusual en este tipo de formaciones— agrega una textura profunda, casi ritual, que conecta lo ancestral con lo contemporáneo.

 La banda no solo toca: propone un clima.

 

Y en ese clima aparece algo que atraviesa toda la experiencia: una filosofía. No necesariamente explícita, pero sí perceptible. 

Hay una impronta ligada al respeto, a la escucha, a cierta idea de comunidad que se sostiene tanto arriba como abajo del escenario.

 No es casual.

 En contextos donde la competencia podría dominar, Ras Mundi elige la cooperación.

Donde podría haber rigidez, hay apertura. Donde podría haber ego, hay circulación.

 Esa elección define su identidad.

 


En tiempos donde muchas bandas buscan diferenciarse desde la estética o el discurso, Ras Mundi encuentra su singularidad en la forma de hacer. En cómo se arma, cómo suena y cómo se sostiene.

 No hay grandilocuencia en su relato. Tampoco necesidad de exagerar. Lo que aparece es más simple y, por eso mismo, más contundente: músicos que se encuentran, se adaptan y construyen algo en común.

 En una ciudad saturada de propuestas, eso ya es una declaración.

 Porque al final, más allá de estilos o etiquetas, lo que queda es esa sensación difícil de explicar pero fácil de reconocer: cuando la música deja de ser suma de partes y se convierte en experiencia compartida.

 Ahí, Ras Mundi encuentra su lugar.

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ABRAZO ROQUERO DEL ESTE MENDOCINO


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sábado, 21 de marzo de 2026

RIVADAVIA ROQUERA: DE LA PROTESTA A LA PROPUESTA

 

Del grito a la construcción: cómo cambió el sentido del rock en Rivadavia


Durante mucho tiempo, el rock fue sinónimo de oposición.

Una forma de decir “no”.

Un lenguaje directo, incómodo, necesario.


En las ciudades del interior —como en tantos otros lugares— ese espíritu contestatario tuvo un rol clave: cuestionar lo establecido, incomodar lo rígido, abrir espacios donde no los había. El rock era ruptura, era choque, era identidad en construcción frente a un orden que no representaba.


Pero algo fue cambiando.


No en la esencia, sino en la forma de actuar.


Antes: la fuerza de decir que no


El rock nació como respuesta.

A estructuras cerradas.

A discursos únicos.

A realidades que dejaban afuera a muchos.


En ese contexto, la rebeldía era necesaria.

El gesto era romper, provocar, diferenciarse.


En lo local, eso se traducía en:


* ocupar espacios informales

* armar fechas donde se podía

* sostener una identidad propia frente a lo dominante


Era una energía que empujaba desde afuera.

Una presión constante sobre los límites.


Y eso dejó una marca importante:

enseñó a no conformarse.


Ahora: la decisión de construir


Hoy esa misma energía no desapareció.

Pero encontró otro camino.

En lugar de quedarse solo en la crítica, empezó a organizarse.

A generar sus propios espacios.

A sostener proyectos en el tiempo.


El cambio es sutil pero profundo:

de decir “esto está mal”

a preguntarse “¿qué podemos hacer nosotros?”


En muchas escenas locales, el rock dejó de ser solo reacción para convertirse en acción:


* se arman ciclos estables

* se gestionan espacios culturales

* se generan redes entre bandas y organizadores


Ya no se trata solo de tocar.

Se trata de hacer que las cosas pasen.


La rebeldía que madura


Este proceso no implica perder identidad.

Al contrario: implica profundizarla.


Porque construir también es una forma de rebeldía.

Una más compleja.

Requiere:


* sostener en el tiempo

* coordinar con otros

* aceptar reglas mínimas para que todo funcione


Es pasar de la queja a la responsabilidad.

Del impulso individual a la lógica colectiva.


Y eso, lejos de apagar el espíritu del rock, lo vuelve más potente.


Una escena que aprende a dialogar


Otro cambio clave es la relación con el entorno.


Antes, la lógica era confrontar todo lo institucional.

Hoy, en muchos casos, aparece una mirada más estratégica:

dialogar sin perder independencia.


Entender que para que haya música en vivo, espacios activos y continuidad, hace falta:


* cierto orden

* cierta gestión

* cierta articulación


No es rendirse.

Es hacer viable lo que antes era solo deseo.


¿Qué significa esto para una ciudad del interior?


Significa que estos espacios ya no son solo lugares de expresión.

Son espacios de organización social y cultural.


Donde antes había solo protesta, hoy hay:


* proyectos

* redes

* continuidad


Y eso tiene impacto real:


* en la identidad local

* en la economía cultural

* en la vida comunitaria


El rock sigue siendo inconforme.

Pero ahora también es capaz de construir lo que antes reclamaba.


Una invitación a mirar distinto


Tal vez el cambio más importante no esté en el rock, sino en cómo lo miramos.


Si seguimos viéndolo solo como ruido o rebeldía juvenil, nos perdemos una parte clave.


Porque hoy, en muchos rincones, el rock está haciendo algo más silencioso pero más profundo:

está creando espacios, sosteniendo vínculos, generando comunidad.


Y eso abre una pregunta interesante para cualquier ciudad:


¿Qué pasaría si esa energía no se desaprovecha, sino que se acompaña?.


Quizás ahí, en ese cruce entre lo contestatario y lo constructivo,

no solo haya música.


Quizás haya futuro.









viernes, 20 de marzo de 2026

RIVADAVIA ROQUERA: CONSTRUYENDO COMUNIDAD


Cuando el ruido construye comunidad


Hay escenas que, a simple vista, parecen puro desorden: cables enredados, amplificadores al límite, jóvenes descargando energía en un escenario improvisado.

Pero si uno se detiene un poco más, empieza a ver otra cosa. Empieza a ver **una forma de organización, de aprendizaje y de comunidad** que muchas veces pasa inadvertida.

En muchas ciudades del interior, estos espacios culturales —recitales, encuentros, concursos de bandas— no son sólo entretenimiento.

Son, en realidad, pequeños laboratorios donde se ensaya algo mucho más profundo: cómo vivir y hacer cosas juntos.


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Aprender a convivir (sin que nadie lo enseñe formalmente)


Detrás de cada banda hay algo más que música.

Hay acuerdos, desacuerdos, horarios que cumplir, dinero que juntar, decisiones que tomar.

Sin darse cuenta, quienes participan de estos espacios aprenden a:

* escuchar al otro

* negociar

* compartir recursos

* sostener compromisos


Es decir, aprenden a convivir.


La tan mencionada “rabia joven”, que muchas veces se mira con desconfianza, encuentra ahí un canal. No se reprime: se transforma. Se vuelve canción, proyecto, identidad.


Y eso tiene un valor enorme.


La amistad como motor real


Si uno pregunta cómo se sostienen estas movidas, la respuesta rara vez es económica.

Lo que aparece es otra cosa:

la mano que ayuda, el equipo prestado, el contacto que acerca una fecha, el amigo que siempre está.

La amistad deja de ser algo simbólico y pasa a ser una verdadera estructura.

Una red que permite que todo funcione, incluso cuando los recursos son escasos.

Quizás ahí haya una enseñanza importante:

no todo desarrollo empieza con dinero.

A veces empieza con confianza.



Cultura que también mueve la economía


Aunque no siempre se note, cada evento activa algo más grande.

Hay personas que organizan, que arman sonido, que diseñan afiches, que gestionan espacios. Se generan pequeños circuitos, intercambios, oportunidades.

No es una economía tradicional, pero es real.

Y sobre todo, es local.

Cuando estos espacios crecen, no sólo crece la cultura:

crece la ciudad.



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El acto de la comunidad (y también del Estado)


Para que todo esto se sostenga, hace falta algo más que ganas.

Hace falta que la comunidad acompañe: que valore, que participe, que entienda que ese “ruido” también es construcción.

Y hace falta, también, una mirada inteligente desde lo público. No para controlar en exceso, sino para facilitar:

* espacios accesibles

* reglas claras

* apoyo básico

Porque cuando se cierran estos lugares, no sólo se apaga la música.

Se pierde algo más difícil de recuperar: el tejido social que se estaba formando.


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Pensarlo desde lo propio


Cada ciudad tiene su identidad, su ritmo, su historia.

La invitación no es copiar modelos, sino preguntarse:

¿cómo se puede hacer esto a nuestra manera?.

Tal vez sea en un club de barrio, en una plaza, en un galpón recuperado, en un centro cultural pequeño.

Tal vez con otros estilos musicales, con otras formas.

Lo importante es entender la lógica:

crear espacios donde la gente se encuentre, haga cosas juntas y construya desde lo que sabe y le gusta.


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Una idea para quedarse pensando


La próxima vez que escuches una banda ensayando a lo lejos, o veas un recital en un espacio chico, tal vez valga la pena mirarlo distinto.

Porque ahí, entre el ruido y la energía, puede estar pasando algo importante:

personas aprendiendo a organizarse, a expresarse, a sostener proyectos.

En otras palabras, personas construyendo comunidad.

Y eso, en cualquier ciudad —grande o chica—, siempre es una buena noticia.