jueves, 6 de agosto de 2026

GUILLERMO HUDSON: INTIMIDADES DEL TALLER DE SU LIBERTAD Y SATISFACCION PERSONAL

 (Reproducción de Modo Random. Conducción: Ale Núñez y Fabián Moreno en Ciudad FM)


Guillermo Hudson reconstruyó el inesperado camino que lo llevó desde los estudios de Veterinaria hasta la escultura, una disciplina que convirtió en vocación, oficio y forma de vida. En una entrevista atravesada por recuerdos, obras y experiencias personales, también habló sobre la docencia, la restauración del patrimonio local y el placer de crear sin pensar exclusivamente en vender.

 

El licenciado en Escultura y profesor Guillermo Hudson visitó Modo Random, programa conducido por Ale Núñez y Fabián Moreno en Ciudad FM, para compartir su historia personal y artística. La conversación, realizada desde el espacio Vibra, permitió conocer el origen de una vocación que durante muchos años permaneció oculta incluso para él mismo.

Hudson contó que inicialmente estudió Veterinaria y llegó a cursar hasta tercer año, impulsado por una profunda pasión por los animales. Sin embargo, el dibujo ya formaba parte de su vida desde la infancia. Recordó que su madre era maestra y que, desde pequeño, reproducía figuras como San Martín y Belgrano con un nivel de detalle que sorprendía a quienes observaban sus trabajos.

 

Durante el secundario tuvo como profesor a Enzo Bianchi, reconocido pintor de Rivadavia. En una de sus clases, mientras el docente explicaba contenidos relacionados con una granja y las abejas, Hudson comenzó a dibujar una colmena. Bianchi observó el trabajo y le aseguró que debía estudiar arte, aunque en aquel momento el joven todavía estaba convencido de que su futuro se encontraba en la Veterinaria.

 

Su recorrido universitario se interrumpió en un contexto histórico complejo. Según relató durante la entrevista, algunos de sus compañeros desaparecieron y, ante el temor de sus familias, decidió alejarse temporalmente de los estudios. Posteriormente vivió durante más de tres años en Bariloche y luego se trasladó a Córdoba, donde comenzó una nueva etapa.

Fue precisamente en Córdoba donde el arte apareció con fuerza. La esposa de uno de sus tíos era grabadora, artista plástica y trabajaba en la universidad. Un día lo invitó a recorrer una muestra y le pidió que opinara sobre las obras. Sin formación académica previa, Hudson comenzó a analizar las producciones desde su sensibilidad y su propio criterio.

 

“Yo me descubrí en ese momento que la pasión mía era el arte”, recordó.

 

Su tía decidió poner a prueba aquella capacidad y le regaló hojas, lápices de colores y témperas para que realizara diferentes trabajos. Hudson completó todas las láminas en pocos días, aunque no mostró inmediatamente los resultados. Cuando finalmente su familia vio las producciones, la sorpresa fue tan grande que inicialmente dudaron de que realmente fueran de su autoría.

 

A partir de esa experiencia, su tía lo inscribió en la universidad y lo animó a cursar. La propuesta era sencilla: comenzar, comprobar si se sentía cómodo y abandonar si la carrera no lo convencía. Cinco años después, Hudson se recibió.

“No todas las historias van a ser iguales y nadie comienza de una manera igual”, reflexionó al hablar sobre la construcción de una vocación artística.

 

Durante los primeros años de formación tuvo que elegir entre las especialidades de Pintura, Grabado y Escultura. Los profesores de cada disciplina lo alentaban a seguir sus respectivas áreas, porque reconocían sus capacidades para trabajar con diferentes lenguajes. Finalmente eligió la escultura porque se sentía especialmente atraído por la tridimensión y por la posibilidad de intervenir el espacio.

 

A pesar de esa elección, nunca abandonó completamente el dibujo, la pintura o el grabado. Durante años realizó obras en esas disciplinas y muchas terminaron como regalos para amigos. Sin embargo, la escultura se convirtió en el territorio donde encontró su forma más profunda de expresión.

 

Una de las obras presentadas durante la entrevista fue “Durán”, una mano realizada en mármol de Carrara. La piedra había formado parte de los escalones deteriorados de una iglesia y llegó a la facultad a través de un sacerdote que buscaba estudiantes interesados en reutilizar ese material.

 

Hudson aceptó el desafío y comenzó a trabajar sobre un fragmento de escalón. En ese proceso conoció a un picapedrero italiano que visitaba la institución y que les enseñó a los estudiantes técnicas tradicionales para intervenir el mármol y fabricar sus propias herramientas.

 

El nombre “Durán” surgió como homenaje al boxeador Roberto “Mano de Piedra” Durán. La obra conservó ese nombre y se convirtió en una pieza especialmente significativa, porque marcó el comienzo de la relación de Hudson con la piedra.

 

El escultor explicó que no se limita a un solo material. A lo largo de su carrera trabajó con mármol, piedra, madera, cemento, bronce y chapa batida. Esta última técnica consiste en modelar la chapa mediante golpes de martillo, construir las partes individualmente y luego unirlas mediante soldadura.

Entre las obras exhibidas en Vibra se encontraba una maternidad realizada con madera y chapa. La pieza fue concebida como homenaje a las madres y, según explicó, posee un valor personal tan profundo que decidió conservarla y no ponerla a la venta.

 

Hudson también realizó monumentos y obras públicas en Córdoba. Mencionó producciones vinculadas con los cien años de los Bomberos, un homenaje a paracaidistas fallecidos y una intervención desarrollada durante la inauguración de un edificio de La Voz del Interior. Muchos de esos trabajos fueron realizados de manera ad honorem, especialmente durante los primeros años de su carrera.

 

“Tenía ganas de trabajar, de hacer y de que quedara ese trabajo”, señaló al recordar aquella etapa.

 

En Rivadavia, su actividad también estuvo vinculada con la preservación del patrimonio. Durante el período en que trabajó en el área de Cultura municipal y estuvo al frente del museo, encontró una escultura de bronce deteriorada que representaba la maternidad.

 

La obra había sido retirada de su ubicación original ante el riesgo de robo y permanecía guardada. Hudson decidió restaurarla: la trasladó a su taller, la desarmó y reconstruyó las partes dañadas. Más tarde descubrió que pertenecía al escultor Barroso, quien inicialmente cuestionó la intervención porque no había sido consultado.

 

Después de conocer el estado anterior de la pieza y observar el trabajo realizado, el autor reconoció la restauración y agradeció que la escultura hubiera recuperado su forma. La obra fue exhibida posteriormente en el hospital, aunque, según lo expresado durante la entrevista, actualmente permanecería guardada debido a modificaciones edilicias.

 

Hudson también fue responsable de restaurar el monumento a Bernardino, ubicado en la plaza de Rivadavia. Explicó que el bronce expuesto al aire libre cambia de color debido a los procesos de oxidación y humedad, por lo que aconsejó aplicar productos protectores para prolongar su brillo.

 

Más allá de las técnicas y los materiales, el artista sostuvo que una escultura puede cumplir diferentes funciones dentro de una comunidad. Algunas piezas aportan identidad, otras poseen un fuerte contenido simbólico y también existen obras cuyo objetivo principal es producir placer estético.

HISTORIA

Durante su trayectoria, Hudson participó en exposiciones realizadas en Córdoba, Buenos Aires y Mendoza. Una de sus muestras más recientes fue compartida con la artista Margarita en el Hotel Hilton, donde recibió numerosas felicitaciones.

 

Sin embargo, dejó en claro que nunca orientó su producción exclusivamente hacia la comercialización. Recordó que una de sus obras fue adquirida por un embajador de Holanda y que recibió una importante suma de dinero. El comprador también intentó llevarse una segunda escultura, pero Hudson se negó a venderla a pesar de la oferta económica.

 

“A mí no me interesaba hacer obras para vender. Me interesaba hacer obras para disfrutarlas y disfrutar el placer de hacerlas”, afirmó.

 

Esa concepción también define su manera de trabajar. Hudson prefiere utilizar herramientas manuales, como el cincel, el martillo y las lijas al agua. Aunque las máquinas eléctricas permitirían reducir significativamente los tiempos, considera que acelerar el proceso le quitaría una parte esencial de la experiencia.

 

“El placer mío es disfrutar la obra cuando la estoy haciendo y, cuando la termino, el éxtasis”, expresó.

 

Su vínculo con la piedra está guiado por la observación y la intuición. No acostumbra comenzar con un boceto cerrado ni aceptar encargos que condicionen completamente el resultado. Puede pasar varias veces frente a una roca hasta descubrir la figura que desea extraer de ella.

 

“Yo veo una piedra y sé lo que quiero sacar de eso para que quede en la piedra”, explicó.

 

Una de las pocas excepciones fue una foca realizada para una ahijada que insistía en recibir una escultura con esa forma. Después de negarse en reiteradas oportunidades, Hudson encontró una piedra en la que finalmente pudo visualizar la figura y decidió concretar el pedido.

 

La docencia ocupó otro lugar central en su vida. Al finalizar la universidad comenzó a trabajar como jefe de trabajos prácticos y posteriormente fue convocado para enseñar Escultura en la carrera de Artes Visuales de Rivadavia.

 

Inicialmente dudó porque no quería limitarse a completar contenidos dentro de una institución. Su intención era enseñarles a estudiantes verdaderamente interesados y acompañarlos en el desarrollo de una expresión propia. Finalmente aceptó por un año y permaneció hasta su jubilación.

 

Además de Escultura, dictó Dibujo de Figura Humana, una disciplina que requiere dominio técnico y conocimiento anatómico. Por sus clases pasaron numerosos estudiantes y artistas de la región, aunque aclaró que, una vez retirado, decidió preservar su taller como un espacio personal e íntimo.

 

Actualmente continúa conservando materiales y proyectos, aunque reconoce que trabaja con otros tiempos. No descarta incorporar alguna herramienta eléctrica en el futuro, pero mantiene intacta la convicción que acompañó su recorrido: crear no consiste únicamente en llegar al resultado, sino en vivir plenamente el proceso.

 “Es una elección de vida el arte, porque condiciona algunas cosas, pero hace feliz más de lo que condiciona”, expresó durante el cierre.

La entrevista en Modo Random permitió conocer no solamente las obras de Guillermo Hudson, sino también la historia humana que existe detrás de cada piedra, cada restauración y cada decisión. Su recorrido une la sensibilidad de la infancia, una formación inesperada, décadas de docencia y una profunda defensa del trabajo manual como espacio de libertad y satisfacción personal.

 

lunes, 8 de junio de 2026

RIVADAVIA HUARPE

 

Rivadavia y la memoria enterrada de los Huarpes: las huellas invisibles que aún habitan el Este mendocino

Por Carlos Calderón

Cuando los vecinos de Rivadavia observan los viñedos, recorren las fincas, escuchan correr el agua por las acequias o contemplan el cauce del río Tunuyán, pocas veces imaginan que bajo esas mismas tierras descansan siglos de historia anteriores a la llegada de los españoles.

Las investigaciones arqueológicas desarrolladas en Mendoza durante las últimas décadas han comenzado a reconstruir un escenario que durante mucho tiempo permaneció oculto: la presencia de comunidades huarpes en amplias zonas del Este mendocino. Aunque gran parte de las evidencias materiales fueron alteradas por más de un siglo de actividad agrícola, los estudios coinciden en que resulta altamente probable que el actual territorio de Rivadavia haya formado parte de la vida cotidiana de aquellos antiguos habitantes de Cuyo.

Los hallazgos son modestos, pero significativos. Fragmentos de cerámica, instrumentos de piedra y vestigios de antiguos asentamientos temporales aparecen dispersos en distintos sectores de la región. No son grandes monumentos ni ciudades perdidas. Son señales silenciosas de una forma de vida profundamente adaptada al paisaje.

Los Huarpes conocían los ritmos del agua y del desierto. Cultivaban maíz, porotos y zapallos. Recolectaban algarrobo y chañar. Criaban animales menores y cazaban en las llanuras cercanas. Aprovechaban los recursos que ofrecían los humedales y los antiguos brazos de los ríos. El Tunuyán, mucho antes de las obras modernas de irrigación, era una verdadera columna vertebral de la vida regional.

Aquellas comunidades desarrollaron conocimientos sobre el manejo del agua que hoy adquieren una resonancia especial en una provincia donde cada gota cuenta. Su relación con el territorio no estaba basada en la explotación intensiva, sino en una convivencia prolongada con los ciclos naturales.

Quizás por eso la pregunta más interesante no sea solamente dónde estuvieron los Huarpes, sino cuánto de ellos permanece todavía entre nosotros.

La identidad de los pueblos no desaparece completamente. Se transforma. Se mezcla. Se adapta. En ocasiones queda oculta bajo nuevas capas culturales, esperando ser reconocida.

La vida rural del Este mendocino, el apego a la tierra, la valoración del agua, las prácticas comunitarias asociadas al trabajo agrícola y ciertos modos de habitar el paisaje podrían contener rastros culturales mucho más antiguos de lo que habitualmente imaginamos.

Durante generaciones, la historia oficial privilegió el relato de la colonización, de las campañas de poblamiento y del desarrollo agrícola moderno. Sin embargo, antes de los alambrados, antes de las bodegas y antes de las trazas urbanas actuales, existieron otros pobladores que conocieron estas mismas tierras y construyeron aquí sus propias formas de vida.

La arqueología contemporánea está permitiendo recuperar parte de esa memoria. No para sustituir una historia por otra, sino para completar un relato que durante mucho tiempo quedó incompleto.

Rivadavia posee todavía un enorme potencial para futuras investigaciones. Cada descubrimiento ayuda a reconstruir una historia más profunda del territorio y de quienes lo habitaron. Bajo los cultivos, los caminos rurales y los barrios actuales pueden permanecer nuevas evidencias esperando ser estudiadas.

La recuperación de la memoria huarpe representa mucho más que un ejercicio académico. Es una oportunidad para comprender que la identidad local posee raíces más extensas, diversas y antiguas de lo que tradicionalmente se enseñó.

Tal vez el mayor desafío del presente sea aprender a mirar el paisaje con otros ojos. Entender que bajo cada surco abierto por la agricultura moderna, bajo cada acequia y junto a cada recodo del Tunuyán, aún sobreviven fragmentos de una historia que no desapareció por completo.

Porque las culturas pueden ser silenciadas, invisibilizadas o relegadas. Pero mientras existan preguntas, investigaciones y comunidades dispuestas a recordar, ninguna memoria permanece definitivamente enterrada.


domingo, 7 de junio de 2026

DEL PATIO ESCOLAR AL GRUPO DE WHATSAPP

 

Las promociones escolares en la tercera edad: memoria, amistad y celebración de la vida

Hay fotografías que muestran personas.

Y hay fotografías que muestran historias.

A simple vista, la imagen parece sencilla: antiguas compañeras de secundaria compartiendo una salida al teatro, un paseo por la Plaza del Pueblo, la Peatonal, el Paseo del Lago, unos mates con tortitas...

Sonríen, posan para la cámara y celebran un momento más de amistad.

Sin embargo, detrás de esa escena aparentemente cotidiana se esconde un fenómeno humano, cultural y social mucho más profundo que merece ser observado con atención.

Las reuniones de promociones escolares en la tercera edad constituyen uno de los acontecimientos más significativos que pueden producirse en la vida de una persona. No porque se trate únicamente de reencontrarse con compañeros de juventud, sino porque representan la posibilidad de dialogar con la propia historia.

Cada encuentro es, en cierto modo, una conversación entre quienes fuimos y quienes somos.

Volver al patio

Toda promoción escolar posee una geografía emocional.

No importa si la escuela era grande o pequeña, urbana o rural. Tampoco importa si los alumnos provenían de familias acomodadas o trabajadoras.

Décadas después, los recuerdos suelen concentrarse en los mismos escenarios:

El patio.

Las galerías.

Los recreos.

Los árboles que daban sombra.

Los profesores inolvidables.

Las travesuras compartidas.

Los primeros amores.

Las primeras rebeldías.

Las primeras amistades verdaderas.

Cuando una promoción se reúne cincuenta o sesenta años después, esos lugares reaparecen inesperadamente en la conversación.

Los nombres de antiguos docentes vuelven a pronunciarse. Las anécdotas resurgen con una precisión sorprendente. Aquello que parecía olvidado vuelve a ocupar un lugar central.

La memoria colectiva demuestra entonces una capacidad extraordinaria para conservar aquello que fue importante.

Mucho más que nostalgia

Existe una tendencia a pensar que estos encuentros son ejercicios de nostalgia.

Sin embargo, quienes participan suelen describir algo diferente.

La nostalgia mira hacia atrás.

El reencuentro, en cambio, conecta pasado y presente.

No se trata solamente de recordar.

Se trata de comprobar cuánto de aquella adolescencia sigue viviendo en cada uno.

La compañera estudiosa conserva su curiosidad.

El bromista mantiene el humor.

La líder natural sigue organizando actividades.

El tímido continúa observando con atención.

Los años transforman los rostros, pero muchas veces dejan intactos ciertos rasgos esenciales de la personalidad.

Y descubrirlo produce una mezcla de sorpresa y ternura difícil de explicar.

La amistad después de medio siglo

Quizás uno de los aspectos más fascinantes de estas reuniones sea la persistencia de los vínculos.

Vivimos en una época donde las relaciones suelen ser rápidas y cambiantes.

Sin embargo, las amistades escolares poseen una característica singular.

Nacieron antes de los intereses económicos.

Antes de las profesiones.

Antes de los cargos.

Antes de las diferencias ideológicas.

Antes de las redes sociales.

Se construyeron en una etapa donde las personas todavía estaban descubriendo quiénes eran.

Por eso conservan una autenticidad especial.

Muchas veces los compañeros pueden pasar años sin verse. Incluso décadas.

Pero cuando vuelven a encontrarse, la conversación suele recuperar rápidamente una familiaridad que parecía imposible.

No porque el tiempo no haya pasado.

Sino porque existe una experiencia compartida que permanece.

La generación de la transición

Los actuales encuentros de promociones poseen además una característica histórica muy particular.

Gran parte de quienes hoy participan de ellos pertenecen a una generación que vivió profundas transformaciones tecnológicas.

Fueron niños en un mundo analógico.

Conocieron la radio como principal compañía hogareña.

Vieron llegar la televisión.

Utilizaron teléfonos fijos.

Escribieron cartas.

Esperaron fotografías reveladas.

Y, sin embargo, también aprendieron a utilizar teléfonos inteligentes, redes sociales y aplicaciones de mensajería.

Son una generación puente.

Una generación de transición.


Paradójicamente, muchas de las reuniones actuales existen gracias a herramientas tecnológicas que habrían parecido ciencia ficción durante aquellos años de escuela.

Un grupo de WhatsApp puede reunir nuevamente a compañeros dispersos por distintas provincias o países.


Una fotografía compartida en una red social puede activar recuerdos dormidos durante décadas.

La tecnología, lejos de reemplazar los vínculos humanos, se convierte así en una herramienta para recuperarlos.

El valor cultural de las promociones

Las promociones escolares forman parte de un patrimonio cultural pocas veces reconocido.

Cada promoción constituye una pequeña comunidad histórica.

Guarda costumbres.

Lenguajes.

Canciones.

Modas.

Sueños colectivos.

Formas de relacionarse.

Modos de entender el mundo.

Cuando esas generaciones se reúnen, también están preservando fragmentos de la memoria social de una época.

Por eso estos encuentros poseen un valor que trasciende lo personal.

Son también actos de conservación cultural.

Una manera de mantener vivas experiencias que forman parte de la historia cotidiana de una comunidad.

Aprender a envejecer juntos

Quizás el aspecto más conmovedor de estos encuentros aparezca cuando los participantes toman conciencia de que han atravesado juntos las distintas etapas de la vida.

Han conocido alegrías y pérdidas.

Nacimientos y despedidas.

Éxitos y fracasos.

Momentos de plenitud y momentos difíciles.

Muchos ya son abuelos.

Algunos enviudaron.

Otros enfrentaron enfermedades.

Algunos compañeros ya no están físicamente.

Y, sin embargo, la promoción continúa.

Cada reunión se transforma entonces en una celebración de quienes permanecen y también en un homenaje silencioso a quienes dejaron su huella en el camino.

Hay una profunda enseñanza en esa experiencia.

La vida puede cambiar de múltiples maneras, pero los afectos auténticos poseen una capacidad extraordinaria para acompañarnos a través del tiempo.

Una lección para las nuevas generaciones

En una cultura cada vez más acelerada, donde la inmediatez parece dominar gran parte de las relaciones humanas, las promociones escolares ofrecen una enseñanza valiosa.

Nos recuerdan que algunos vínculos necesitan décadas para desplegar toda su riqueza.

Nos enseñan que la amistad no siempre depende de la frecuencia del contacto.

Nos muestran que la memoria compartida puede convertirse en una fuente permanente de identidad y pertenencia.

Y nos permiten comprender que envejecer no significa abandonar la alegría, la curiosidad o el entusiasmo.

Por el contrario.

Muchas veces significa descubrir nuevas formas de vivirlos.

El recreo que nunca terminó

Tal vez por eso las fotografías de promociones escolares en la tercera edad despiertan tanta simpatía.

Porque muestran algo que todos, en algún momento, deseamos conservar.

La posibilidad de seguir encontrándonos.

De seguir reconociéndonos.

De seguir celebrando la vida.

Detrás de cada sonrisa compartida aparece una certeza sencilla y poderosa:

Los años pasan.

Las tecnologías cambian.

Los escenarios se transforman.

Pero algunas amistades logran atravesar el tiempo con la misma naturalidad con que un día compartieron un recreo bajo la sombra de un árbol.

Y cuando eso ocurre, descubrimos que aquel recreo de la adolescencia, en realidad, nunca terminó.


domingo, 22 de marzo de 2026

OSVALDO GIMENEZ: DE RIVADAVIA A LA "CAPITAL MUNDIAL DE LA MUSICA EN VIVO". AUSTIN, TEXAS, ESTADOS UNIDOS DE NORTEAMERICA

 

CUANDO AYER ERA: "NO HABIA NADA" Y EN EL PRESENTE ES: "TENEMOS TODO"

 

Osvaldo Giménez es un roquero del Este mendocino —Rivadavia, Mendoza—, reconocido institucionalmente por la Legislatura de Mendoza en el año dos mil veintidós por su aporte cultural en su ciudad natal al integrar la primera banda roquera de canciones propias: Avecristo.

Actualmente radicado en Austin, capital de Texas, Estados Unidos.

Austin es reconocida internacionalmente como la “Capital Mundial de la Música en Vivo”.

Con más de 250 locales de música en vivo, la ciudad alberga festivales icónicos. Aquí está, con su guitarra y junto a una agrupación, brindando su estilo musical y llevando a su Rivadavia de origen a escenarios internacionales.



 LOS PASOS DE OSVALDO CON LAS ZAPATILLAS GASTADAS EN EL PUEBLO


Hay imágenes que explican una vida entera. En el caso de Osvaldo Giménez, la escena inicial no ocurre bajo luces de escenario ni frente a miles de personas, sino en el desgaste silencioso de unas zapatillas Topper caminando las calles de Rivadavia. Polvo, calor, rutina. Un territorio donde el rock no era industria ni posibilidad concreta, sino impulso.

 Años después, esa misma energía se desplaza miles de kilómetros y reaparece en otro paisaje: Austin, Texas. Una ciudad donde —como él mismo dice— “levantás una piedra y hay una banda tocando”. El contraste no es solo geográfico. Es existencial.

 “Me reía solo… mirá dónde estoy”, cuenta. Y en esa frase hay algo más que sorpresa: hay conciencia. La escena lo encuentra hablando en inglés, conectando equipos, ensayando con músicos de otra cultura, pero sin perder el hilo invisible que lo une a su origen.

 Porque si algo se mantiene intacto en el relato de Giménez es esa presencia constante del pasado.

Rivadavia aparece como una referencia inevitable. Un lugar al que define con crudeza —“pueblo infame”— pero también con una lucidez que evita la nostalgia fácil. No hay romanticismo en la precariedad, pero sí reconocimiento.

 En ese contexto limitado, sin infraestructura ni oportunidades visibles, se forjó una relación distinta con la música.

No como camino al éxito, sino como necesidad de expresión. “No es un sueño de fama —dice—, es el sueño de tocar”.

 

Ahí se encuentra uno de los núcleos más potentes de su experiencia: cuando desaparecen los incentivos externos, lo que queda es la motivación pura.

La música como descarga, como lenguaje, como forma de ordenar lo que no tiene nombre: traumas, alegrías, contradicciones.

 Ese mismo impulso es el que viaja con él a Estados Unidos.

 En Austin, lejos de diluirse en una escena saturada, Giménez reconoce patrones familiares. Las bandas que se apoyan, los músicos que se acompañan, los vínculos que se generan alrededor del arte. Lo que en Mendoza era necesidad, en Texas se replica como dinámica cultural.

 

“Se crean pequeñas comunidades”, explica. Y no es una frase menor.


En una ciudad donde la oferta musical es abrumadora y la competencia constante, la comunidad funciona como sostén.

Músicos que comparten escenario, que se prestan equipos, que asisten a los shows de otros.

Una red que, lejos de lo simbólico, cumple una función concreta: sostener el proceso.


 En ese entramado, la banda con la que hoy toca incorpora además una filosofía rastafari que refuerza valores como el respeto, el afecto y la cooperación. Lejos de ser un detalle estético, se convierte en una forma de organización interna. Una ética que ordena lo cotidiano.

 Pero no todo es ideal.

 Austin también expone una de las grandes paradojas de la industria musical contemporánea: donde hay más música, el valor económico tiende a bajar.

La sobreoferta abarata el trabajo. “Te pagan poco —reconoce— a menos que demuestres que llevás mucha gente”.

 

Ahí aparece el “trabajo de hormiga”.

Ensayar, tocar, sostener la presencia. Sin garantías. Sin grandes ingresos. Pero con una lógica clara: persistir.

 

Porque en ese circuito aparentemente menor se construyen las oportunidades. Un contacto que escucha. Una invitación inesperada.
La posibilidad de tocar en escenarios más grandes. Desde Austin, los planes empiezan a proyectarse: Las Vegas, festivales en Luisiana, nuevas ciudades.

 No como saltos milagrosos, sino como consecuencia de estar ahí.

 

“Trato de no perder el hilo”, dice. Y esa frase resume una actitud.

 No hay triunfalismo en su relato. Tampoco frustración. Lo que aparece es algo más complejo: una forma de equilibrio.

 

Giménez no mide su recorrido en términos de reconocimiento externo.

De hecho, asume con naturalidad que en su propio pueblo probablemente nadie sepa lo que está viviendo. Y, lejos de incomodarlo, lo libera.

 “Y tampoco tienen que hacerlo”, afirma.

 

Esa distancia con la validación externa marca una diferencia.

El eje no está puesto en demostrar, sino en sostener. En seguir tocando. En valorar el camino recorrido y las personas con las que lo compartió.

 “Estoy agradecido de mi vida, de mi juventud, de las bandas con las que toqué”, dice.

 Ahí, en esa mirada retrospectiva sin épica exagerada, aparece otra clave: la experiencia no se construye solo en los grandes escenarios, sino en la acumulación de momentos, vínculos y aprendizajes.

 

Desde las calles de Rivadavia hasta los bares de Austin, pasando por posibles escenarios en Las Vegas, la historia de Osvaldo Giménez no responde al modelo clásico del éxito inmediato.

Es, más bien, un recorrido sostenido por la persistencia, la comunidad y una relación honesta con la música.

 

Una historia donde el rock no es un destino, sino una forma de estar en el mundo.




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LA BANDA "RAS MUNDI" (Reggae/Hip-Hop/Fusion)

 

En Austin, donde la música no descansa y cada esquina respira ritmo, hay bandas que no solo tocan: construyen atmósferas. Ras Mundi es una de ellas.

No responde a un formato clásico ni a una etiqueta cerrada. Es, más bien, una experiencia colectiva en movimiento.

 La escena se arma con nueve músicos en simultáneo. Nueve cuerpos, nueve energías, nueve formas de entender el pulso. Bajo, batería, guitarra, teclados, trompeta y percusiones múltiples conviven con voces que no se limitan a cantar, sino que expanden el paisaje sonoro. Hay una lógica de ensamble más cercana a una ceremonia que a un simple show.

 El reggae aparece como columna vertebral, pero rápidamente se mezcla con hip-hop, texturas urbanas y una impronta de fusión que no busca perfección técnica sino conexión. Todo fluye con naturalidad, como si cada integrante encontrara su lugar sin necesidad de imponerse.

 En ese entramado, la dinámica del grupo revela algo más profundo: la flexibilidad como regla. Una bajista de origen francés se suma a último momento para reemplazar a quien no pudo estar. Ensaya, toca y encaja. Sin dramatismo. Sin jerarquías rígidas. Como si la banda fuera un organismo vivo que se adapta en tiempo real.

 Ese detalle, aparentemente menor, dice mucho.

 En ciudades como Austin, donde la circulación de músicos es constante, aparecen figuras “multibanda”: artistas que participan en varios proyectos al mismo tiempo, que se mueven entre estilos, que entienden la música como red más que como estructura fija. Ras Mundi se nutre de esa lógica.

 No hay una búsqueda de protagonismo individual. Lo que importa es el resultado colectivo.

 En el escenario, eso se traduce en capas. Percusiones que dialogan entre sí. Voces que entran y salen. Instrumentos que no compiten, sino que se entrelazan. La presencia del didgeridoo —inusual en este tipo de formaciones— agrega una textura profunda, casi ritual, que conecta lo ancestral con lo contemporáneo.

 La banda no solo toca: propone un clima.

 

Y en ese clima aparece algo que atraviesa toda la experiencia: una filosofía. No necesariamente explícita, pero sí perceptible. 

Hay una impronta ligada al respeto, a la escucha, a cierta idea de comunidad que se sostiene tanto arriba como abajo del escenario.

 No es casual.

 En contextos donde la competencia podría dominar, Ras Mundi elige la cooperación.

Donde podría haber rigidez, hay apertura. Donde podría haber ego, hay circulación.

 Esa elección define su identidad.

 


En tiempos donde muchas bandas buscan diferenciarse desde la estética o el discurso, Ras Mundi encuentra su singularidad en la forma de hacer. En cómo se arma, cómo suena y cómo se sostiene.

 No hay grandilocuencia en su relato. Tampoco necesidad de exagerar. Lo que aparece es más simple y, por eso mismo, más contundente: músicos que se encuentran, se adaptan y construyen algo en común.

 En una ciudad saturada de propuestas, eso ya es una declaración.

 Porque al final, más allá de estilos o etiquetas, lo que queda es esa sensación difícil de explicar pero fácil de reconocer: cuando la música deja de ser suma de partes y se convierte en experiencia compartida.

 Ahí, Ras Mundi encuentra su lugar.

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ABRAZO ROQUERO DEL ESTE MENDOCINO


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sábado, 21 de marzo de 2026

RIVADAVIA ROQUERA: DE LA PROTESTA A LA PROPUESTA

 

Del grito a la construcción: cómo cambió el sentido del rock en Rivadavia


Durante mucho tiempo, el rock fue sinónimo de oposición.

Una forma de decir “no”.

Un lenguaje directo, incómodo, necesario.


En las ciudades del interior —como en tantos otros lugares— ese espíritu contestatario tuvo un rol clave: cuestionar lo establecido, incomodar lo rígido, abrir espacios donde no los había. El rock era ruptura, era choque, era identidad en construcción frente a un orden que no representaba.


Pero algo fue cambiando.


No en la esencia, sino en la forma de actuar.


Antes: la fuerza de decir que no


El rock nació como respuesta.

A estructuras cerradas.

A discursos únicos.

A realidades que dejaban afuera a muchos.


En ese contexto, la rebeldía era necesaria.

El gesto era romper, provocar, diferenciarse.


En lo local, eso se traducía en:


* ocupar espacios informales

* armar fechas donde se podía

* sostener una identidad propia frente a lo dominante


Era una energía que empujaba desde afuera.

Una presión constante sobre los límites.


Y eso dejó una marca importante:

enseñó a no conformarse.


Ahora: la decisión de construir


Hoy esa misma energía no desapareció.

Pero encontró otro camino.

En lugar de quedarse solo en la crítica, empezó a organizarse.

A generar sus propios espacios.

A sostener proyectos en el tiempo.


El cambio es sutil pero profundo:

de decir “esto está mal”

a preguntarse “¿qué podemos hacer nosotros?”


En muchas escenas locales, el rock dejó de ser solo reacción para convertirse en acción:


* se arman ciclos estables

* se gestionan espacios culturales

* se generan redes entre bandas y organizadores


Ya no se trata solo de tocar.

Se trata de hacer que las cosas pasen.


La rebeldía que madura


Este proceso no implica perder identidad.

Al contrario: implica profundizarla.


Porque construir también es una forma de rebeldía.

Una más compleja.

Requiere:


* sostener en el tiempo

* coordinar con otros

* aceptar reglas mínimas para que todo funcione


Es pasar de la queja a la responsabilidad.

Del impulso individual a la lógica colectiva.


Y eso, lejos de apagar el espíritu del rock, lo vuelve más potente.


Una escena que aprende a dialogar


Otro cambio clave es la relación con el entorno.


Antes, la lógica era confrontar todo lo institucional.

Hoy, en muchos casos, aparece una mirada más estratégica:

dialogar sin perder independencia.


Entender que para que haya música en vivo, espacios activos y continuidad, hace falta:


* cierto orden

* cierta gestión

* cierta articulación


No es rendirse.

Es hacer viable lo que antes era solo deseo.


¿Qué significa esto para una ciudad del interior?


Significa que estos espacios ya no son solo lugares de expresión.

Son espacios de organización social y cultural.


Donde antes había solo protesta, hoy hay:


* proyectos

* redes

* continuidad


Y eso tiene impacto real:


* en la identidad local

* en la economía cultural

* en la vida comunitaria


El rock sigue siendo inconforme.

Pero ahora también es capaz de construir lo que antes reclamaba.


Una invitación a mirar distinto


Tal vez el cambio más importante no esté en el rock, sino en cómo lo miramos.


Si seguimos viéndolo solo como ruido o rebeldía juvenil, nos perdemos una parte clave.


Porque hoy, en muchos rincones, el rock está haciendo algo más silencioso pero más profundo:

está creando espacios, sosteniendo vínculos, generando comunidad.


Y eso abre una pregunta interesante para cualquier ciudad:


¿Qué pasaría si esa energía no se desaprovecha, sino que se acompaña?.


Quizás ahí, en ese cruce entre lo contestatario y lo constructivo,

no solo haya música.


Quizás haya futuro.